Cree en que puedes cambiar

Esta es una entrada traducida de la serie Raw Nerve de Aaron Swartz. La entrada anterior en la serie es Da un paso hacia atrás.

Carol Dweck estaba obsesionado con el fracaso. ¿Has visto cómo hay algunas personas que aparentan tener éxito en todo lo que hacen, mientras que otras aparentan estar desválidas, condenadas a una vida de fracaso constante? Dweck también se dio cuenta de eso – y estaba decidida a determinar por qué. De este modo, empezó a obervar a niños, intentando ver si podía detectar la diferencia entre ambos grupos.

En un estudio de 1978, junto con Carol Diener, le dio a algunos niños varios acertijos y registró qué decían mientras intentaban resolverlos. Muy rápidamente, los niños desválidos empezaban a culparse a sí mismos: “Me estoy confundiendo,” uno dijo; “Nunca tuve buena memoria,” otro explicó.

Pero los acertijos siguieron llegando – y cada vez eran más difíciles. “Esto ya no es divertido” los niños dijeron. Pero aún así todavía había más acertijos.

Los niños ya no pudieron soportarlo. “Me rindo,” insistieron. Empezaron a hablar de otras cosas, intentando sacar su mente de la masacre de acertijos con truco. “Hay un show de talentos este fin de semana, y voy a actuar como Shirley Temple,” dijo una niña. Dweck siguió dandoles acertijos todavía más difíciles.

En este momento, los niños empezaron a actuar tontamente, casi como si puedieran ocultar su derrota dejando claro que ni siquiera lo estaban intentando. Aunque se le dijo repetidamente que estaba equivocado, un niño simplemente siguió eligiendo café como su respuesta, diciendo “pastel de chocolate, pastel de chocolate”.

Tal vez estos resultados no eran sorprendentes. Si alguna vez has tratado de jugar un juego de mesa con niños, probablemente hayas visto estas cosas y más (Dweck parece olvidar la parte en la cual toman el tablero, avientan las piezas al piso y corren gritando).

Pero lo que le sacó de onda – y cambió el curso de su carrera – fue el comportamiento de los niños exitosos. “Todo mundo tiene un modelo a seguir, alguien que guía el camino en momentos críticos en su vida,” escribió después. “Estos niños fueron mis modelos a seguir. Obviamente sabían algo que yo no y estaba determinada a encontrarlo”.

Dweck, como muchos adultos, había aprendido a ocultar su frustración y enojo, y a decir amablemente “creo que ya no quiero seguir jugando” en vez de tirar el tablero. Ella pensó que a los niños exitosos les pasaba lo mismo – tenían tácticas para enfrentar el fracaso en vez de sentirse vencidos por él.

Pero finalmente lo que encontró fue radicalmente diferente. Los niños exitosos no sólo vivían con el fracaso, ¡sino que lo amaban! Cuando el juego se puso difícil, no se empezaban a culpar; se remojaban los labios y decían “me encanta un desafío”. Decían cosas como “mientras más difícil se pone, más duro tengo que intentar”.

En vez de reclamar que no era divertido cuando los acertijos se hicieron más difíciles, se preparaban psicológicamente diciendo “Casi lo resolví” o “Lo hice antes, lo puedo hacer de nuevo”. Un niño, después de que se le dió un acertijo muy muy difícil, uno que supuestamente era imposible de resolver, simplemente volteó a ver al experimentador, le sonrió y dijo “Sabes, tenía ganas de esto fuera retador”.

¿Qué onda con estos niños?

La diferencia, como lo descubrió Dweck, estaba en la mentalidad. Dweck siempre había pensado que “las cualidades humanas están grabadas sobre piedra. Eres listo o no, y el fracaso quiere decir que no lo eres”. Por eso los niños desválidos no podían soportar cuando empezaban a fracasar. Simplemente les recordaba que eran malísimos (se confundían rápidamente, siempre habían tenido “mala memoria”). Por supuesto que dejaba de ser divertido – ¿por qué sería divertido que te recordaran constantemente que eres un fracaso? Con razón intentaban cambiar el tema. Dweck le llamó a esto la “mentalidad fija” – la creencia de que tus habilidades son fijas y que el mundo es sólo una serie de pruebas para mostrar qué tan bueno eres.

Los niños exitosos creían precisamente en lo opuesto: que todo se obtenía a través de esfuerzo y que el mundo estaba lleno de retos interesantes que te pueden ayudar a aprender y crecer (Dweck le llamó a esto la “mentalidad de crecimiento”). Por esto estaban tan entusiasmados con los acertijos difíciles – los fáciles ya no presentaban ningún reto, no había nada que se pudiera aprender de ellos. Pero, ¿los realmente difíciles? Esos eran fascinantes – una nueva habilidad por desarrollar, un nuevo problema para conquistar. En experimentos posteriores, los niños incluso pedían llevarse los acertijos a su casa para que pudieran trabajar un poco más en ellos.

Un chico de primero de secundaria le tuvo que explicar: “Creo que la inteligencia es algo para lo cual tienes que trabajar… no es algo que te otorgan… Casi todos los niños, si no están seguros de una respuesta, no van a levantar su mano… Pero lo que yo hago usualmente es levantar la mano, por que si estoy mal, entonces van a corregir mi error. O bien, levanto mi mano y digo ‘no entiendo, ¿me puedes ayudar?’ Al hacer eso estoy aumentando mi inteligencia”.

En la mentalidad fija, el éxito viene de mostrar qué tan bueno eres. El esfuerzo es malo – si tienes que intentar duro y preguntar cosas, obviamente no puedes ser muy bueno. Cuando encuentras algo que puedes hacer bien, quieres hacerlo una y otra vez, para mostrar qué tan bueno eres haciéndolo.

En la mentalidad de crecimeinto, el éxito se obtiene creciendo. El esfuerzo es lo único – es lo que te hace crecer. Cuando te vuelves bueno en algo, lo pones a un lado y buscas algo más difícil para que puedas seguir creciendo.

Las personas con mentalidad fija se sienten inteligentes cuando no cometen errores, las personas con mentalidad de crecimiento se sienten inteligentes cuando batallan con algo por un largo tiempo y finalmente lo resuelven. Los fijos intentan culpar al mundo cuando las cosas salen mal, los crecientes buscan qué pueden cambiar dentro de ellos mismos. Los fijos tienen miedo de intentar duro – por que si fallan quiere decir que ellos mismos son una falla. Los crecientes tienen miedo de no intentar.

Conforme Dweck continuó su investigación, siguió encontrando esta diferencia en todo tipo de lugares. En relaciones, las personas con mentalidad de crecimiento buscan parejas que los lleven a ser mejores, las de mentalidad fija quieren alguien que los ponga en un pedestal (y se meten en líos tremendos cuando encuentran problemas). Los directores de empresa crecientes buscan por nuevos productos y formas de mejorar, los fijos cortan la investigación e intentan exprimir ganancias de éxitos pasados. Incluso en los deportes, los crecientes se vuelven mejores y mejores con práctica constante, mientras que los fijos culpan de sus habilidades que no traen trofeos a todo mundo alrededor.

Pero Dweck aplicó una mentalidad de crecimiento a la pregunta de la mentalidad – y descubrió que tu mentalidad puede cambiarse. Incluso pequeñas intervenciones – como decirle a los estudiantes que les iba bien por que intentaban duro, más que por que fueran buenos – tuvo un gran impacto. Con más trabajo, pudo cambiar personas con una mentalidad fija total a personas con una mentalidad de crecimiento ferviente.

Ella misma cambió, convirtiéndose de una persona con mentalidad fija ferviente, siempre buscando pretextos para probar qué tan lista era, a una con mentalidad creciente, buscando nuevos retos. Eso fue difícil: “como estaba tomando más riesgos, al finalizar el día veía atrás y me encontraba con fracasos y errores. Me sentía miserable (como un cero)… quieres volver al ruedo y acumular algunos puntos”. Pero aguantó la tentación – y en vez de eso se convirtió en una psicóloga de vanguardia.

El primer paso para volverte mejor es creer que puedes volverte mejor. En su libro, Mindset, Dweck explica cómo darle la espalda a tu mentalidad fija. La mentalidad fija dice: “¿Qué tal que fallas? Entonces serás un fracaso”. La mentalidad de crecimiento responde: “Todas las personas exitosas han tenido errores en el camino”.

Ahora, cuando escuché por primera vez acerca de esta investigación, simplemente pensé: eso está lindo, pero ya hago estas cosas. Creo fervientemente en que la inteligencia puede cambiar y que los talentos se pueden aprender. De hecho, diría que casi tengo una mentalidad de crecimiento patológica. Pero luego empecé a darme cuenta de que hay algunas cosas con respecto a las cuales tengo una mentalidad fija.

Por ejemplo, solía pensar que era introvertido. Todo mundo siempre me dijo que o eras una persona extrovertida o eras una persona introvertida. Desde chico, era tímido y tipo ratón de biblioteca, entonces parecía obvio: yo era un introvertido.

Pero conforme he crecido, me he dado cuenta que ahí no terminan las cosas. Me he empezado a volver bueno guiando la conversación o haciendo reir a las personas con un buen chiste. Me gusta contar historias en una fiesta o pasear por el lugar diciendole “hola” a la gente. ¡Siento bien padre! Claro, todavía no soy la persona que más disfruta las fiestas, lo se, pero al menos ya no pienso que exista una clasificación entre introversión y extroversión.

La mentalidad de crecimiento se ha vuelto como una palabra de salvación para mi pareja y para mí. cuando sentimos que la otra persona se está poniendo defensiva o descarta hacer algo nuevo por que “no es buena en ello”, decimos “¡mentalidad de crecimiento!” e intentamos acercarnos al problema como una oportunidad para crecer, más que como una prueba para nuestras habilidades. Ya no da miedo, es simplemente un nuevo proyecto en el cual trabajar.

Justo como lo es la vida.

La siguiente entrada en la serie es Mírate objetivamente.

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